Paraíso caótico: Museo Metropolitano de Nueva York

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ANA I. DEL CASAR- El pasado sábado 7, el departamento de Historia del Arte de Skidmore organizó un viaje a Nueva York para que sus profesores explicasen a los alumnos aspectos relacionados con sus asignaturas utilizando el material proporcionado por los museos de la ciudad. En mi caso, yo fui con los profesores de “Art in Renaissance Europe” y “Art and Architecture of Latin America” al Museo Metropolitano de Nueva York (MET), en el que pasé todo el día; gran parte de la jornada lo estuve viendo por mi cuenta.
El MET es alucinante. Pocas veces esta palabra se puede usar de manera más apropiada que cuando se refiere a este museo. El MET parece tener lo mejor de todo, y no sólo eso, sino que lo tiene en abundancia. ¿Que quieres arte japonés? No te preocupes, que una mujer, Mary Griggs Burke, ha donado la mayor colección de arte japonés que existe fuera de Japón, tan buena que fue la primera colección occidental de arte japonés en ser exhibida en el Museo Nacional de Arte. ¿Te apetece ver lo mejor que Europa ha dado de sí? Para eso la colección permanente tiene en sus fondos obras icónicas de Jaques Louis David, los Tiépolo, Gentileschi o, incluso, Tiziano, Velázquez y Goya. Afortunadamente para nuestro orgullo, el MET ciertamente sólo tiene las migas del pastel madrileño, aunque si esas migas incluyen el archiconocido retrato que Velázquez hizo de su esclavo Juan de Pareja, pues bienvenidas sean.
La colección es tal que la reja de la catedral de Valladolid simplemente está en una zona de paso, mientras que las salas de arte egipcio son tantas que una se pregunta qué queda en Egipto. El poder de un museo capaz de transportar un templo egipcio completo, un patio renacentista español y varios claustros españoles y franceses al centro de Nueva York, justo al lado de Central Park, simplemente marea. Sólo los metros cuadrados que ocupa el edificio valen una auténtica fortuna, pero lo que alberga es impagable: no hay suficiente dinero en el mundo para comprar una colección así.
Por supuesto, no todo es oro lo que reluce. Si los magnates estadounidenses fueron capaces de acumular tantas obras, principalmente a principios del siglo XX, fue porque alguien se las vendió y, más allá, se las vendió a un precio ridículo (por lo bajo que era). Entre esos vendedores, los españoles ocupan un lugar muy destacado, en un momento en el que algunas de nuestras grandes iglesias se utilizaban como corrales y graneros ante la falta de educación, recursos y voluntad política por proteger nuestro pasado, lo que nos define como nación, y lo que nos hace sentir que las personas tienen un valor y una capacidad creativa más allá de sus límites humanos.
Aparte, otro de los aspectos negativos del MET es la logística. ¿Cómo se puede cuidar bien de tantos centenares de piezas, cómo se pueden tener todo el dinero que esa labor requiere? Hay que tener en cuenta que cada una de estas obras precisa de una temperatura, iluminación y valores químicos específicos en el aire que las rodea y toca, diferente del resto de obras que están en la misma sala y, sobre todo, necesita estabilidad en esas condiciones, algo que es imposible cuando cada día entra un número diferente de personas, cada una con sus propios efluvios, temperaturas corporales y gases que exhala en la respiración.
En el MET hay estantes con tuppers que contienen decenas de fragmentos de pintura egipcia; muchas piezas no tienen ninguna explicación o indicación o, si la tienen, es tan genérica como “amuletos egipcios”; y no es raro que los visitantes toquen una y otra vez sarcófagos expuestos sin mayor protección. Sin embargo, lo más grave en este museo es que abruma tanto que difícilmente

Ana I. del Casar, becaria de UAM en Skidmore College, 2015-16

Ana I. del Casar, becaria de UAM en Skidmore College, 2015-16

se puede aprender algo: la enormidad y diferencia de lo que se expone es tal que rompe todos los posibles esquemas mentales. Ya bastante complicado es entender el contexto social, político y económico en el que se creó, por ejemplo, una pintura hace varios cientos de años, como para añadir a eso otras cien pinturas y, por lo tanto, otras cien situaciones completamente diferentes. Al final, parece que lo más común es que el visitante, al menos en su primera vez en el museo, se dedique a ir de una sala a otra, simplemente viendo, dejando que su mente se llene de imágenes icónicas que se acumulan en el apartado de “cultura general”, pero con las que no se alcanza un nivel más específico, superior, de conocimiento.

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