Reunión sobre personas refugiadas

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ANA I. DEL CASAR- Gracias a ese fenómeno tan útil de “gente que conoce a gente”, los estudiantes internacionales de Skidmore recibimos la semana pasada una invitación para asistir a una reunión sobre personas refugiadas organizada en el día de Martin Luther King por la iglesia congregacional de Keene Valley, a una hora y media al norte de Saratoga Springs. En un principio, este evento estaba dirigido a comunidades de fe y grupos espirituales del norte del estado de Nueva York, pero en verdad podía acercarse quien quisiera, siempre y cuando se cumpliese con el requisito de estar interesado en ayudar en el problema actual de las personas refugiadas, referidas estas no sólo a quienes están desembarcando en Europa procedentes de Siria y países colindantes, sino también a las que llegan a Estados Unidos desde países de América Latina.
524640_1La reunión fue muy modesta: en una pequeña, pulcra iglesia de madera pintada de blanco nos reunimos unas sesenta personas, incluyéndonos a tres estudiantes internacionales de Skidmore. Nosotras éramos las personas más jóvenes allí, siendo la mayoría de los presentes personas mayores, en torno a los sesenta-setenta años. También éramos las únicas personas que no éramos estadounidenses, así que nuestra presencia allí llamó un poco la atención, sobre todo la mía y la de otra chica que también era europea: nuestro punto de vista sobre todo lo que está ocurriendo ahora mismo en Europa era mucho más incisivo, en tanto en cuanto conocemos la identidad de nuestras sociedades, nuestros fantasmas y nuestros miedos, fundamentales a la hora de entender el porqué de tanta reticencia desde Europa a acoger a las miles de personas refugiadas y desesperadas que están llamando a nuestras puertas.
La reunión duró unas tres horas y se dividió en tres partes. En la primera, los representantes de los distintos grupos espirituales allí congregados se presentaron a los demás y, tras un cántico y una lectura recordando que el sueño de Martin Luther King aún tiene muchos puntos por cumplirse, las personas que quisieron compartieron sus sueños. Fue muy emocionante escuchar estos sueños: algunos soñaban con que esta zona de Nueva York se convirtiese en una meca para las personas refugiadas, un lugar conocido en todo el mundo por su hospitalidad y tolerancia; otros deseaban que toda la sociedad estadounidense reflexionase sobre las causas de la actual crisis humanitaria en Siria; y otros directamente pedían al cielo que Donald Trump no ganase las elecciones presidenciales. El ejemplo de Canadá se escuchó también en esta parte: aquí resulta difícil imaginar al Presidente de la nación arremangándose para saludar a gente siria que huye de la guerra. Por mi parte, los deseos que en aquel momento se me vinieron a la mente fueron, por un lado, que no hubiese necesidad de acoger a personas refugiadas porque estas no existiesen (al fin y al cabo, si toda esta gente quiere algo con más intensidad que ser acogida en Europa, es no tener la necesidad de salir de sus países), y por otro, que los europeos no olvidemos las condiciones en las que nació la Unión Europa, y los valores que a raíz de esas condiciones se entendieron como fundamentales para nuestra nueva entidad.
Para la segunda parte de la reunión, nos dividimos en tres áreas que representaban las ideas que más habían aparecido en los sueños de los presentes. Estas áreas eran educación (o cómo cambiar la percepción negativa que muchos estadounidenses tienen de las personas refugiadas), ámbito internacional (cómo ayudar directamente en las zonas a las que están llegando personas refugiadas y que no cuentan con la infraestructura necesaria para atenderles) y bienvenida (cómo abrir los brazos del norte del estado de Nueva York a las personas refugiadas). Yo, como es lógico, me sentí más atraída por la segunda opción.
524640_2Dentro de este grupo había un estadounidense que había vivido más de veinte años en Europa y que había estado ayudando en los últimos meses en Serbia. Su opinión era clara: de nada sirve preocuparse por acoger a personas refugiadas una vez han llegado al final de su trayecto, si a lo largo de su huida mueren. Por lo tanto, lo más importante era ir directamente a las primeras zonas de llegada en Europa para distribuir mantas, comida, agua, ropa, todo lo fundamental para que estas personas sobrevivan al invierno y a los miles de kilómetros que les esperan hasta Alemania u otros países del norte. Además, él afirmaba que esta ayuda tenía un gran segundo efecto positivo y es que, según él, muchos de los refugiados llegan pensando que en Europa todo el mundo les va a odiar, y el encontrar a personas que sencillamente les sonríen, les cambia la mentalidad, facilitando su futura integración.
Finalmente llegó la tercera parte de la reunión, una cena en la que se pretendía tratar todos los temas que habían salido en los tres grupos de una manera más informal. La comida (lasaña y ensaladas) estaba deliciosa, con mención aparte a los postres: otra cosa no, pero a los estadounidenses hay que reconocerles que saben hacer dulces. Junto a la comida, el otro gran aporte de la cena fue, para mí, el poder hablar más con este estadounidense con experiencia directa en los puntos de recepción de refugiados: hay posibilidad de ir a países como Croacia y pasar tanto tiempo como se desee ayudando, pues hay organizaciones que cubren los gastos de alojamiento.
En general, y a pesar de que en un principio el objetivo es mantener el contacto y crear un gran grupo de personas interesadas en ayudar a refugiados que trabaje en el corto, medio y largo plazo, las otras dos estudiantes de Skidmore y yo salimos de esta reunión con la sensación de que es difícil que esta iniciativa dé frutos realmente eficaces: hay mucha buena voluntad, pero también bastante desconocimiento sobre cómo lidiar con este asunto, así como mucha lejanía con respecto a las zonas de ayuda. Lo más posible, creo yo, es que al final se acaben organizando eventos y colectas de dinero para enviar fondos a organizaciones que ya estén actuando sobre el terreno.

Ana I. del Casar, becaria de UAM en Skidmore College, 2015-16

Ana I. del Casar, becaria de UAM en Skidmore College, 2015-16

De todos modos, fue verdaderamente bonito ver cómo hay tantas personas ahí fuera que, a pesar de tener sus vidas ya resueltas y estar a miles de kilómetros de cualquier tipo de conflicto, se siguen preocupando por el mundo en su conjunto, por todas aquellas personas que están pasando por un auténtico infierno, pues las consideran sus hermanos. Además, también es importante ahora mismo crear grupos de opinión, compartir ideas y puntos de vista para poder ofrecer un contrapunto a esa corriente actual de rechazo hacia los refugiados en particular, y el islamismo en general. El de los refugiados es un asunto sumamente delicado, en el que más que blancos y negros, hay muchos grises, pero en el que miles de personas se están jugando la vida, y Europa, el respeto resultado de la coherencia con los valores propios.

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