Lo que echo de menos…

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ANA DEL CASAR- Este Spring Break he ido a Chicago, una ciudad bonita de la que, sin embargo, no me quedo con su famosa arquitectura ni con sus calles, sino con sus museos. Como en Nueva York, los museos de Chicago (Art Institute of Art, Field Museum, Oriental Institute of Art, Smart Museum of Art son los principales y los que he visitado) son enciclopédicos, es decir, tienen absolutamente de todo. Desde arte japonés hasta pinturas de Manet (Art Institute of Art), desde ropas nepalís hasta máscaras tribales de las islas del Pacífico (Field Museum), desde los relieves del palacio del rey Sargón II de Asiria hasta una momia egipcia de un niño (Oriental Institute of Art), desde pinturas de Paul Camille hasta una ventana de Frank Lloyd Wright (Smart Museum of Art), los museos de Chicago justifican por sí solos una visita a la ciudad.

Sin embargo, en esta ciudad he echado de menos disfrutar de algo tan simple como un paseo por las calles, perderme horas y horas callejeando, descubriendo rincones ocultos, pero hermosos; esto es algo que siempre está presente cuando viajo por ciudades europeas. Y es que Estados Unidos sigue siendo un país joven, y cuando he ido a Nueva York y a Chicago, lo he notado. Es cierto que los rascacielos de estas ciudades son impresionantes, pero están tan alejados de la escala humana que me hacen sentir diminuta, casi irrelevante. En estas ciudades no hay una arquitectura que se pueda apreciar a la altura de los ojos como la hay en Europa. Las cúspides de las construcciones son bonitas, sí, pero yo no las alcanzo a ver desde mi terrena posición. Tampoco hay piedra, no esa piedra que sabes que lleva siglos ahí, que sobrecoge sólo por lo erosionada que está, porque esas oquedades son un testimonio de todas las historias que ha presenciado a lo largo de centurias. En Chicago y Nueva York hay metal, acero, materiales que son hermosos a su manera, pero también fríos. Y el problema no es que haya estos materiales, que haya edificios nuevos. De eso también hay en las urbes europeas. La cuestión es que tengo la sensación de que eso es todo lo que hay, de que no hay la opción de callejear y encontrarse de pronto con una iglesia maravillosa, desconocida, viejita, o con una plaza en la que hay un mercado donde se reúnen todos los lugareños, o una casa aristocrática, señorial, que ya tiene las maderas gastadas, pero que parece seguir irguiéndose orgullosa. Es muy posible que no haya sabido dónde ir, pero caminando por Nueva York y Chicago me he encontrado más gente apresurada y franquicias que tienditas con encanto. Uno de los lugares en los que puedo pensar que sí vi algo parecido fue en el barrio mejicano de Chicago, con sus locales de tamales y ropas tradicionales. A pesar de estudiar historia del arte y, por lo tanto, estar la mayor parte de mi tiempo leyendo sobre el pasado (obras, contextos sociales, reyes), hasta vivir en Estados Unidos no me había dado cuenta de la presencia de la pátina del tiempo, de su importancia, de cuánto me llena el corazón. De hecho, una de las cosas que me gustan de estar en los museos en Estados Unidos es que en cierto modo esas imágenes que presentan protagonistas ya todo muertos me trasmiten las mismas sensaciones que estar en una ciudad europea, rodeada por las consecuencias del tiempo.

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Otro de los aspectos en los que noto la falta de siglos y siglos de historia durante mi (reducida) estancia en (sólo parte de) Estados Unidos es en el ámbito cultural. Por supuesto que Estados Unidos tiene cultura, pero… ¿cómo es esa cultura? Tradiciones haberlas, haylas, como Halloween, Acción de Gracias, Día de San Patricio… Y sin embargo (guitarra y voz rasgada de Sabina al leer ese sintagma), no siento que me llenen tanto como una Semana Santa, por poner un ejemplo, porque en esas tradiciones estadounidenses no encuentro tantísimos matices como en las españolas, o en las de otros países europeos. No hay trajes especiales trasmitidos de generación a generación desde hace tiempos inmemoriales, ni espectáculos que no se hagan en ninguna otra parte del mundo, ni acciones que me hagan preguntar cómo es posible que haya tanta diversidad cultural sobre un mismo planeta. Quizás la causa de estas sensaciones mías no esté en Estados Unidos, sino en la globalización y su dominante vertiente de americanización. Antes de venir a aquí, ya sabía mucho de Estados Unidos por medio de todas las películas, series y música que importamos desde allí, por lo que, una vez llegué, pocas cosas fueron absolutamente novedosas para mí.

No obstante, no veo estas diferencias, este echar de menos el peso del paso del tiempo como algo negativo. Más bien lo contrario, lo veo como parte de la experiencia de estudiar en Estados Unidos, parte del aprendizaje, de abrirse a algo diferente de lo que estaba acostumbrada antes de venir, a algo que es distinto de una manera que no había prevenido. Gracias a estas diferencias, he abierto un poco más los ojos, y no sólo hacia afuera, sino también hacia mi interior. He aprendido un poco más de mí y he reconocido aspectos en los que nunca había pensado, pero que resulta que contribuyen de manera decisiva a mi felicidad, a sentirme plena. Por otro lado, también sé que he estado muy poco tiempo y en muy pocos lugares de este enorme país como para tener una visión todo lo amplia que un juicio definitivo requiere. A Estados Unidos tendré que volver, para visitar la costa oeste, el sur, los estados interiores, totalmente distintos de la moderna, rápida costa este. Aparte, también soy consciente de que ya han pasado siete meses desde que llegué, y el no ver a mi familia, a mis amigos, a mi perra, en todo este tiempo empieza a tener sus efectos en mi interior. Lo más seguro es que, en cuanto hayan pasado dos semanas en Madrid, eche de menos el Metropolitan de Nueva York, la sensación de que puedo ser cualquier persona en esa ciudad, la mantequilla de cacahuete…

Ana I. del Casar, becaria de UAM en Skidmore College, 2015-16

Ana I. del Casar, becaria de UAM en Skidmore College, 2015-16

Definitivamente, ¡ésa última la voy a echar mucho de menos! Porque, aparte, no nos engañemos, todas las tradiciones en Madrid sólo ocurren una vez al año y los demás días son rutina como en cualquier otro lugar, Metro, universidad, estudiar, comer, dormir y volver a empezar. Finalmente, un tercer factor que tengo en cuenta al escribir esto es que ya se está acercando el final del curso escolar y por estas fechas, siempre empiezo a sentirme cansada de la rutina de la universidad, algo quemada por ese constante tener que hacer cosas, deseando que llegue el verano con las largas horas de treinta y seis grados a la sombra, los paseos sin reloj en la muñeca, las siestas de hora y media por norma. En cualquier caso, y como conclusión final, estudiar en el extranjero, salir del hogar, es siempre una experiencia enriquecedora y totalmente recomendable.

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