La Niña de Agua Cristalina

Ilustración Sophia Alfred

De niña no me agradaba mucho mi nombre. Lo veía raro y un poco excesivo. Recuerdo que odiaba el primer día de clases porque todos decían su nombre una vez pero yo tenía que decirlo más de tres veces. Bueno, a veces lo tenía que decir una vez antes de que me preguntaran, con rapidez, si tenía una forma más corta de decirlo.

Por muchos años yo les decía, con la mirada en él suelo “me pueden llamar atzi”, y todos sonreían. Mis padres nunca me contaron cómo fueron a dar con ese nombre tan particular, y yo nunca les pregunté. Fue hasta que una compañera que se llamaba Aquetzali entró a mi clase. Ella era de padres mexicanos como yo. Eso me dio un alivio que no se puede describir. Antes yo era el único bicho raro… ahora ya éramos dos. Ese día, todos nos levantamos para decir nuestros nombres. Otra vez me llamé “Atzallali” y esperaba lo inevitable. Cuando Aquetzali se levantó y dijo su nombre todos se quedaron callados. La maestra fue la primera en hablar, y dijo “¿Tienes una manera más corta de decirlo?”. Con la certeza del mundo, Aquetzali dijo “no”. Esa palabra cambió mi forma de pensar para siempre. La maestra le preguntó por qué y Aquetzali le respondió, “significa ‘agua cristalina’ y es de origen azteca. Me gusta mucho y me gusta oírlo… entonces no lo voy a acortar”. En ese momento yo me pregunté por qué tenía yo que acortar mi nombre. Ese día le conté a mis padres sobre esa niña, la niña de agua cristalina. Les dije que yo quería tener un nombre tan bonito como el de ella. Ellos se miraron a los ojos y con una sonrisa me dijeron, “pero Atzallali… tu nombre también es igual de bonito, tú eres una reina”. Me imagino que mi cara tuvo que verse sorprendida, con los ojos de canica. Yo les dije “¿Como que soy una reina?”. Mi papá se aclaró la garganta, de una forma muy graciosa, y empezó a hablar. Me dijo sobre ese ocho de octubre de 1999 cuando yo nací. Fue una conversación curiosa que tuvo con otro padre que esperaba en la sala. El nombre de su hija también era Atzallali. Esa conversación, como barita mágica, me convirtió de Lizbeth a Atzallali para siempre.

Atzallali…un nombre tan común como yo.

Atzallali… el nombre de una guerrera azteca.

Atzallali… la reina de los cisnes.

Mi nombre es Atzallali. Sí, es un poco raro y puede parecer muy difícil de pronunciar pero es un nombre muy bonito que significa mucho para mí. Yo soy mexicana, pero a la misma vez americana. Aunque nací en México y llevo sangre azteca yo me crié en los Estados Unidos. Tuve que aprender desde muy chica que era diferente. Tenía la piel más oscura que los demás, hablaba dos idiomas, y mis padres y yo tuvimos que pasar miedo por algunos años por ser inmigrantes. Aunque en un principio estas cosas me daban pena, ahora son la razón por la que camino con seguridad y orgullo.

Soy orgullosa de ser mexico-americana.

Soy orgullosa de ser inmigrante.

Soy orgullosa de ser la hija de mis padres.

Soy orgullosa de ser yo,

Atzallali Saucedo-Ruiz

La redacción: “La niña de agua cristalina“, de Atzallali Saucedo-Ruiz forma parte de las tareas de la clase “Español para Hablantes de Herencia” (Spanish for Heritage Speakers), curso impartido por el profesor Miguel Ángel Lera durante la primavera de 2020 en Tufts-Skidmore Spain.

La ilustración: “Un dibujo digital del jaguar de La escritura de dios, de JL Borges” de Sophia Alfred, forma parte de “Apéndices Creativos”, parte del proyecto final para la asignatura Literaturas Transatlánticas, impartida por la profesora Bethania Guerra durante la primavera de 2020 en Tufts-Skidmore Spain.

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